UNA TARDE EN ESPERANZA

UNA TARDE EN ESPERANZA


Pausado, suavemente se detiene el colectivo en la Terminal de Esperanza. Como queriendo quedarse, se balancea de un lado a otro. Hemos llegado. La gente con barbijo del micro sigue viaje. A otra parte. Otras latitudes. Ocupados con la triste cotidianeidad que arrastran en sus míseras y grises existencias, del ayer –hoy – mañana.

Existe en el punto de llegada un atractivo tan interesante como el de partida. Los territorios yermos e inexplorados dotan a la mente ágil, de un ímprobo motivo de gozo. Se inflama el corazón de expectativa, se iluminan los ojos de quien llega a descubrir lo que faltaba.

Corina me espera a la bajada del colectivo. Amable, gentil, con su gesto cordial de habitante feliz de su tierra querida. Asciendo al auto de su hermano Rafael, buscando el agresivo perfil de Santa fe en las paredes pero no lo hallo. Solo paredes limpias y cada tanto, el rostro cómplice que invita, de un ignoto candidato para mí.

Calles amplias, trazadas desde el dámero central, siguiendo el modelo europeo traído por la conquista. Por un momento, pienso en la dulce cuna de esos habitantes europeos de la laya de Aarón Castellanos, émulo feliz y congraciado del patriarca -primer profeta de Dios- en el antiguo testamento. Aarón Castellanos –fundador de la Colonia Esperanza- poseía una luenga barba, como su antecesor en la historia. Tal vez para diferenciarse de otros, o bien como los supremos sacerdotes judaicos de antaño, que en señal de reverencia suprema, buscaban en la barba distanciarse de los rostros lampiños y afeitados de los sacerdotes egipcios, de rituales extraños y hasta perversos.

Asciende suavemente de velocidad el vehículo gris, mientras los rayos multicolores que filtran su luz por las hojas que languidecen, ensayan un arco iris fugaz de reflejos e iridiscencias. Anticipo cromático de las piedras verdes, marrones, negras, que se presentarán ante mi vista momentos después, a mi izquierda. En un “rallentando” magistral, nuestro chofer nos deposita frente a la Facultad de Agronomía y Veterinaria.

Vamos ascendiendo los pasillos con Corina hasta llegar a la sala de exhibición de su muestra. Se aspira el silencio y la pulcritud de los ambientes académicos, campo del pensamiento y la investigación, territorio del cálculo y la búsqueda de las dimensiones de la materia y la proyección del sujeto en las ciencias duras. Será difícil encontrar una leyenda de Schiller o de Goethë , como de Walt Withman. Pero tampoco hallamos en el camino otra cosa que no sean los carteles indicadores de donde estamos.

Como diría el poeta loco:

Yacen dispersos en vertical latitud los objetos.

Otros simulan dormir de forma horizontal en la textura de un mueble.

Dóciles vigilantes que por las noches monitorean el entorno.

Como un nuevo cuadrivio que se arma en silencio.

Cuenta el sereno que la sombra de Alejandra Pizarnik por las madrugadas se mira en la alpaca y alisa su pelo. Por eso vira el color.

Bajo las baldosas late rítmicamente una yugular, y dentro de los caños de luz.

A lo lejos, alguien canta, diría Neruda. A lo lejos.

Detrás de los saludos de rigor y los deseos de éxito y prosperidad, hay algo mejor después que la muestra toca a su fin.

(…La comunión entre el “ethos” del lugar y el de los objetos, ha copulado de tal manera que cuando los tiempos lleguen, será más fácil para los investigadores y alumnos hallar solución para los problemas que son propios de las carreras de la facultad. Las nuevas fórmulas y desarrollo de proyectos a futuro ya tienen incorporado en su perfil, el plasma espiritual e intangible de la luz inextinguible. Otros criterios de ética alumbrarán en medio del dolor que se avecina, parto feliz en la espesura de lo incierto, luces indicadoras en el decolaje de la nave…amarillas y rojas)

 

 

 

 

“…En un momento de discusión institucional a nivel nacional sobre las fuerzas productivas y económicas que mueven al país –el agro y la ganadería, las pestes y su desoladora proyección sobre los seres humanos, es iluso pensar que la muestra se concretó en talámbito como expresión estética o perfil cultural, lo cual no significa que no haya sido así en parte.

Quedará para los exegetas del futuro –o no- convalidar tales juicios…” (un visitante)

 

LA CASA DE SANTIAGO DENNER, HOY MUSEO HECTOR BORLA.

El edificio en donde funciona el Museo Héctor Borla fue fundado por Santiago Denner en 1874. Se llama Casa de la Colonia. Con una arquitectura cuasi colonial, dotada de fuertes verjas en hierro, la antigua casona impresiona al visitante. Erigido en toda una esquina, la asociación de artistas plásticos desarrolla ahí sus actividades. Es un mix entre la municipalidad y los artistas, con respectivas responsabilidades. Héctor Borla fue un destacadísimo artista regional, que trabajó los límites del hiperrealismo en sus obras.

Un ploteado en el frente nos indica que Hugo Lafranconi exhibe sus trabajos. Ingresamos y la cámara recoge imágenes de la obra del santafesino. La imagen de C. Fortunoff, impulsora de las artes plásticas en la ciudad, tiene un sitial de honor en lo alto.Los amplios salones son cálidos. El museo Borla guarda un valioso patrimonio en su interior. Viejas escaleras nos llevan a la planta alta, en donde sus obras lucen colgadas en las viejas pero remozadas paredes.

La producción que Lafranconi ha colgado, es extensa. Con particularidades de matices y técnicas, demuestra que su mejor idioma es la línea. Vemos dibujos en tonos terrosos, blancos y negros. Una serie de piezas en el piso, dibujan un extraño puzzle monocromático. Dibujos negros sobre el fondo blanco, formas irregulares a 10 centímetros del piso, provocan en el espectador sensaciones múltiples.

 

 

 

 

Lafranconi nos pasea del plano al espacio, pero recordándonos siempre que es la línea y el trazo quienes conducen el espíritu del visitante.

 

Algunas obras de Lafranconi tienen mucho que ver –para las mentes perspicaces- algo que ver con lo estelar, códigos en gestación en el tiempo. Muchos de sus dibuios parecen inspirados en objetos y hallazgos de otras civilizaciones que nos precedieron. No son figuras comunes que hallamos en otros dibujantes, ni tampoco el falso alarde futurista de otros. Hay un hilo conductor en la obra de este artista que también pugna por alcanzarnos con sus mensajes y verdades.

Como diría el poeta:

(Anticipó el tiempo a su tiempo

ocultando en sus trazos las frases escuchadas.

Tejió un discurso de líneas y figuras

Irradiando luces en la noche oscura…)

 

 

El museo Héctor Borla se asienta no solo en sus cimientos, sino también en el espíritu generoso de sus gestores actuales y en el hálito que desde quásares lejanos, llega generoso a la geografía que gobierna la Señora Ana Meiners.

Una escultura en la entrada, recibe al visitante.

La misma escultura, lo despide.

Hace frío. La sábana de la noche nos envuelve sutil y misteriosa mientras nos dirigimos a la Fundación Ramseyer Dayer.

Las sombras de los árboles se acortan y el crepúsculo se aleja apresurado prometiendo volver al otro día. ¿habrá otro día?

LA FUNDACION RAMSEYER – DAYER

 

 

Paredes con los ladrillos desnudos reciben al visitante. En una mágica e inteligente conjunción entre la arquitectura original y el modernismo, la sala de la Fundación Ramseyer Dayer recibe cordialmente al visitante. Orgullo para los esperancinos, Celina Zimmerman nos guía gentil y amable por las instalaciones. Una muestra fotográfica en pleno montaje aparece ante nuestros ojos. Su autor es Enzo Mansilla.

El blanco de las paredes y las aberturas contrasta fuertemente con las cargadas texturas de las obras de Mansilla. Imponentes aparatos lumínicos penden de las alturas. Todo se combina para que la visita se sienta agradablemente acogida. Una música experimental con fondo de strings y brass, envuelve sutilmente el ambiente. Un bajo con pizzicato se mueve ágil en escalas de blue, insinuando que podemos estar ante Yoyo Ma con su cello, o Naoko Terai con su violín.

 

 

Al pasar al amplio jardín y galería cubierta, nos remiten por un momento a los jardines del museo de Tigre, Buenos Aires. Vamos visualizando obras de Tusi Horn, Fermín Viña, Domingo Sahda. En un rincón, una obra de Inés Barlasina percute sobre los sentidos visuales. Autores de la región alternan indistintamente. Un detalle curioso: el baño posee decorados de fotografías con la calidad de una lenteCarl Zeiss, estampados en un material acrílico que potencia su cromatismo. Son trabajos de Inés Ramseyer. Nacida en Esperanza, es arquitecta y fotógrafa. En Madrid, vive y ejerce su profesión. Su trabajo experimenta con las variaciones de escala y la incidencia de la luz. Ella explora la compleja relación que une su espacio, su estética, su emoción, a la luz y a los objetos que observa.

 

 

Los cobertores de la galería en colores metálicos o pasteles, permiten entrever el cielo esperancino. Celina Zimmermann, gestora cultural de la institución, nos guía por todo el edificio, mientras vemos el colgado de las obras de Enzo Mansilla.

 

En torno a una mesa, Corina Bolzico, Celina Zimmerman y Luz de Ciudad intercambian opiniones. Un cuadro en color sepia con los primigenios habitantes de la casa, Angela María Dayer y Ernesto Ramsyer se erige en tonos sepia. Celina nos cuenta que el espíritu de sus habitantes era el de convocar a amigos, pobladores, a veladas culturales en su casa. Inés Ramseyer sigue con esa tradición.

La visita llega a su fin. Parado en una esquina, alcanzo a ver el micro que a lo lejos, me llevará de nuevo a Santa Fe. Son las 20.30 y me espera a las 21 Eduardo Baroni para celebrar su muestra en una vinería de calle Belgrano y Boulevard.

Un abrazo y un beso al pie del micro son los últimos fotogramas de este viaje.Un viejo árbol me saluda.

Y como los viejos fotógrafos que con sus oscuras cámaras de cajón y sales, se paraban al lado de los árboles del Palomar en mi lejana infancia, se agolpan desordenadamente en mi mente, las imágenes de los negros cajoncitos, las sales…y los árboles cósmicos que dieron motivo a mi visita.

Léase.

Difúndase.

Disfrútese.

Archívese.

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