INTERESANTE ENFOQUE DE MATIAS DALLA FONTANA

La seguridad es un tema que nos toca a todos. Pero tambien esta estrechamente vinculada a otros paràmetros, con distinto tipo de insercion en la raìz social de nuestra ciudad. En este caso, el autor, Matias Dalla Fontana, nos ha hecho llegar un articulo magistral, que reproducimos debajo, conscientes de que todo cambio en la matriz de nuestra sociedad, pasa por la educaciòn y la cultura del trabajo.

SEGURIDAD EN SANTA FE: PRODUCCIÓN Y EDUCACIÓN PARA EL TRABAJO.

“La historia es increíble pero ocurrió y acaso no una vez sino muchas,
con distintos actores y con diferencias locales.”

(El simulacro. J.L.Borges.)

Las sucesivas reformas y propuestas de la administración de la cosa pública nos exigen la tarea constante de redefinir el rol del Estado. Para plantearlo en términos existencialistas, pareciera que, definido a partir de su rol, el estado consistiría en una entidad en la cual la existencia precede a su esencia. En otros términos, el estado es lo que hace. Interpretando necesidades y percepciones actuales, el curso de la historia nos permite introducir una pregunta fundamental, definitoria para la entidad y su rol: ¿cómo imaginar un futuro y cómo elegir los mejores caminos para acceder al mismo? Esta pregunta no elude las tareas de hoy, ni excluye a nadie, pues a menudo el trabajo empeñado en un mañana mejor, nos condiciona positivamente desde lo consuetudinario.

En términos de diseño institucional y normativo cabe citar algunos hitos significativos actuales. La reforma educativa nacional, con la ley que promueve la obligatoriedad de la enseñanza secundaria. La propuesta de reforma constitucional que impulsa Movimiento Santafesino 100%, una de las tres fuerzas más importantes del espectro provincial, sugiriendo el otorgamiento de rango constitucional a la obligatoriedad de la escuela secundaria. Finalmente, la situación -dignísima de análisis- en que vive una amplia franja de población joven local, primera destinataria de las políticas estatales educativas. Todas estas directrices ameritan en conjunto una pregunta por las posibilidades concretas de abordaje público de los sectores jóvenes, cuya inclusión en el sistema educativo debe resolverse en sentido integral, para no caer en facilismo ni demagogias generacionales. El rol del estado en este caso debe sostener el ingreso, la retención, la promoción en un orden socio-educativo, y la inclusión en un orden socio-económico y laboral.

El estado es lo que hace: el poder no sólo reprime a individuos, sino que, simultáneamente, produce subjetividad. El estado produce un tipo de subjetividad y la ausencia de estatidad imposibilita la existencia de sujetos y lazos. Así, si la educación está en el centro del proyecto moderno como promotor de la subjetividad de su época, en el marco de una idea de nacionalidad inclusiva. Ahora bien, en el horizonte de la situación actual de la franja de población joven que las estadísticas nos califican como “fuera del sistema”, puede afirmarse que dentro del bagaje de la pobreza y la exclusión asoma uno de los más terribles males: las adicciones. En tanto producen el borramiento del sujeto, su disolución para el sostenimiento de vínculos y afectos sociales concientes y razonables, puede afirmarse que constituyen el contrapunto de la educación y de su función creadora de subjetividad. Lo que en una confluye –Estado, comunidad, sujeto-, en la otra se diluye. En este sentido, así como la educación produce un determinado tipo de sujeto incluido, que es el sujeto trabajador y ciudadano, las adicciones lo inhabilitan en su núcleo, conformando ambas los extremos de un continuo: desde el ciudadano hasta el excluido.

Estos males nos han igualado sin diferenciar clases ni lugares, ingresando ahí donde los proyectos de vida escasean. A pesar de ser todo lo mismo, el discurso cotidiano, de los medios y de los vecinos, se ha visto forzado por la urgencia a amalgamar pobreza-droga-delito, pero las generalizaciones de este tipo, propias del sentido común, deben ser sujetas a crítica. Hemos dejado de pensar, como sociedad, en las utopías y en las abstracciones, jaqueados por el dictamen primario y bárbaro de los fracasos diarios. Este descreimiento como actitud ante el mundo de la vida puede ser entendible en lo que al ciudadano respecta. Pero en lo atinente al estado y a los formadores de opinión, debe intentarse reconstruir y reforzar una visión proyectiva, lanzada al futuro instrumentada por medio de la planificación y energizada en base a la esperanza.

El estruendoso fracaso en las políticas de seguridad, cuyos resultados escasos nos acometen a diario en nuestra vida de vecinos, nos ha instalado por la fuerza en una eterna preocupación por el presente, por la resistencia a salvo del día a día. Este hecho puntual excede al excesivo, banal y epidérmico culto a la instantaneidad de las representaciones y del placer agónico de lo inmediato, tan bien descripto por los agoreros posmodernistas del fin de la historia. El problema no consiste en que esta eterna preocupación por el presente sea un posicionamiento filosófico traducido en conducta ciudadana. Lo trágico de esta actitud posmoderna es que trasunta ya una actitud estatal. La política pública ha abandonado la producción del progreso entendido como bienestar garantido de toda una cadena intergeneracional, que conduce al creciente bienestar general. Esta idea de temporalidad propia de tiempos ilustrados, entendida como un despliegue continuo, que exige garantizar, como prerrequisitos, ciertas condiciones concretas de existencia para todas las generaciones, está, o estaba, en el centro de un verdadero paradigma de ciudad progresista y moderna. Precisamente en esto consistía “lo político social” del paradigma de progreso.

La vigencia de la inseguridad como hecho alarmante que nos angustia masivamente, minuto a minuto, acarrea un abanico de problemas de incidencia diversa. Uno de ellos es de índole esencialmente moral: el abandono del cultivo de esquemas de pensamiento político transidos de contenidos axiológicos. En política, este vuelco a la banquina de la trivialidad no es nuevo. Se ejerció con anterioridad, al compás de la pizza con champagne y los viajes a Miami. Esta intranscendencia, esta evanescencia, no es puramente ideal o literaria. Determina, además del ascenso de Tinelli y de Gran Hermano, formas de gestionar el estado, promoviendo su desguace y alentando la desinversión de recursos sociales y humanos, claves para el desarrollo. Nadie invierte en un proyecto futuro, si está inmerso en una lógica de la instantaneidad. La expectativa social de que “todo es placer aquí y ahora” indujo al consumismo sin ahorro ni cultura de procesos.

Pareciera que el Estado fue permeable a estos mandatos éticos, traduciéndolos en desinversión, en autodestrucción de capacidades. Quizás este letargo de las ideas esté en la raíz de una doble ausencia del estado en la construcción de un proyecto de ciudad: El Estado local sin política de adicciones, epidemia que está en el nudo de la violencia diaria. El Estado local sin una política de educación para el trabajo, técnica y de oficios. Este itinerario, en marcha hoy, no se inició, digámoslo gráficamente, desde un repollo en 2007. Se tradujo en la matriz estatal que por inacción conciente determinó, para la Provincia de Santa Fe, la desindustrialización masiva, la concentración de riquezas en la renta financiera en detrimento de la participación de los asalariados en el producto en la destrucción del tejido agrícola ganadero que, para ciudades como Santa Fe y Rosario, indujo al engrosamiento de sus bolsones de pobreza vía éxodo rural y migración interna de pobreza.

Educar para el trabajo es cultivar el bosque. Discutir sobre inseguridad y pobreza como quien discute sobre el huevo y la gallina es chocarse de bruces contra el árbol. El desafío del progresismo es discutir menos y gestionar más: en términos de garantizar desarrollo con equidad, implica como exigencia sine qua non, la capacidad de penetrar el territorio en aproximación a los grupos sociales y al ciudadano concreto. Sin esta movilidad y “juventud de corazón”, que hace caminar al gobernante a la par del gobernado, apropiándose juntos de un tejido común, no hay progreso conjunto viable. El progresismo es tributario de esta idea de movilidad que, abrazada como ideal, se ejercita en una determinada forma de construir poder, que es una microfísica de penetración estatal del territorio. Esta aproximación es, además de institucional y económica, física y ambiental.

El desafío para la Ciudad de Santa Fe es profundizar la potencia eficaz de las ideas, instalando cambios visibles. Evitando volver a lo vetusto, que fue la muerte de las ideas. Cuando el hombre político abandona ideales, que inspiran pasiones e inducen conductas, comienza a motivarse por intereses individuales y sectoriales, para dejar de creer y proyectar: “Las sombras no creen” sentencia José Ingenieros en su obra titulada El hombre mediocre. Tal vez la generalización de este autismo moral en el resto de la sociedad política, explique la reincidencia sintomática de la aparición de salvadores que profesan el silencio y la parquedad como si fueran virtudes en sí mismas. Aparentando una faz de dirigentes “no-políticos”, disfrazan en su inexpresividad una profunda y lacerante afirmación política: el pensamiento único del statu quo que se instaló campeando a lo largo de toda la década de los noventa. Como hemos dicho, en la fenomenología de la crisis de la inseguridad confluyen los jóvenes, la educación, las adicciones como pérdida de subjetividad y derrumbe de la idea de futuro como proceso que empieza hoy.

Esta construcción gradual nos dice la implicancia de que el futuro no adviene por generación espontánea. Se recrea en sus condiciones materiales y simbólicas, o no adviene. Y uno de sus símbolos son las nuevas generaciones como rostro humano de un nuevo horizonte. Anunciar cambios en términos de progreso, sin garantizar que nuestros jóvenes no inhabiliten sus anclajes físicos y psicológicos con las drogas y sin masificar territorialmente la presencia del estado en la generación de empleo y cultura para el trabajo, es anunciar cambios para que nada cambie. No revertir el deterioro del ejercicio del Estado de hoy en estos temas de agenda, es dar continuidad al mismo ciclo instalado hace 30 años. Ciclo vigente que se expresa, esquemáticamente, del siguiente modo: se ha abandonado el sueño noble del progreso proponiendo a cambio el dirigente insípido, “no-político”, luego se ha cejado en la producción gradual del mismo progreso, para luego advertir que el hastío y la abulia social producen pobreza, que es el caldo de la inseguridad y la muerte. Pero aquí no finaliza el desacople, sino que empieza.

Porque acto seguido, ante la incapacidad para controlar el delito y el crimen, se explica la inseguridad a partir de la pobreza, culpabilizándola y cerrando en la fijeza un círculo que nos condena a todos. Mientras tanto, de un lado, flores y conciertos. Y del otro, la repetición sintomática de “los no-políticos”, cultora de la moderación que, como dijimos, esconde en su vacuidad un pensamiento esclerosado en el molde que hoy hace crisis en todo el mundo. Las afrentas de lo cotidiano nos muestran, vía golpes y pesares, que la ciudad se supera a sí misma cuando se erige para todos. Una ciudad para pocos termina enfrentándonos y entre lobos no hay futuro posible. ¿En qué medida hay lugar para la acción de un Municipio en un horizonte de Ciudad Moderna, Próspera, Progresista y Equitativa? El desafío es traducir las categorías del progresismo en clave local, tornándolas eficientes. Los principios categóricos son los del mismo gran proyecto de la modernidad: los de la dialéctica de universalidad e identidad, democracia y promoción del derecho individual. La construcción de una educación obligatoria, nacional y provincial, insume la unificación acciones y recursos locales orientados a garantizar los procesos de ingreso, continuidad y egreso, entramados con una visión del perfil de desarrollo productivo local que se incorpore a los contenidos transmitidos formal e informalmente en el sistema educativo.

Esta traducción pide relacionar la educación con los procesos productivos que hacen a la identidad empresaria local, especialmente en sus íconos principales: el puerto como norte, el área industrial, el cordón fruti-hortícola, los centros comerciales a cielo abierto, la lucha contra toda forma de ilegalidad comercial y contrabando, la innovación del polo tecnológico y académico, orientar puertas de la Ciudad de cara al mundo del comercio internacional, enlazar sectores desocupados de los conurbanos con microeconomías regionales agricultoras y ganaderas, genuinos equilibradores demográficos-demológicos, la consolidación del corredor de la costa y el patrimonio histórico como destino. Difundir y premiar el espíritu empresario como valor de plexo. En síntesis, encarnar y publicitar en los contenidos educativos, en las organizaciones de la producción y en la sociedad civil en general, reglas de juego institucional como condición de desempeño económico.

La obligatoriedad de la enseñanza media pone en diálogo todos estos contenidos, trasvasa las paredes de las escuelas, para recordarnos la necesidad de acercar efectivamente al estudiante servicios esenciales de salud primaria, reproductiva y sexual, de transporte más barato, de acceso a tecnologías de la información. Desburocratizar y despolitizar los intentos de transferencia de saberes a ámbitos laborales, que han bastardeado las modalidades de prácticas y pasantías. Acompasar estos procesos al intento de descentralización ya en curso en la ciudad, instalando en los diversos distritos ya definidos por el municipio, espacios de educación local, a los fines de resolver la aproximación del estado al territorio, resolviendo el abordaje del espacio en su aspecto cuantitativo, físico, además de simbólico y de concertación en la diversidad. Por eso, en la discusión del diseño institucional local ya debe superarse la dicotomía entre “más o menos estado”: en el sistema local la tarea es “más y mejores instrumentos educativos y productivos”.

Todo contexto de reformas positivas puede representar un avance, pero exige el entendimiento de las propias adaptaciones y asimilaciones que se deben realizar. La pertinencia y oportunidad de una educación en clave local, se logrará para el caso de la Ciudad de Santa Fe, sólo en la línea de la refundación de una cultura para el trabajo, insumo social para una Ciudad Próspera y Equitativa. Evitar la transformación del concepto de cultura, en un híbrido romántico, permitirá evitar la transformación de la verdadera promoción de la inteligencia individual y social, en un mero cronograma de eventos o en una kermese artística. La municipalización, como política de rediseño público, debe sortear el círculo de exclusión que significa la gestión tradicional de las universidades, recreando espacios accesibles, donde reproducir proyectos de vida encaminados a su más propia estrategia de dignificación: el trabajo, empresarial y popular. Para que el futuro no nos sorprenda discutiendo lo mismo. Ni mucho menos eligiendo, resignados ante la repetición, a los mismos.

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